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jueves, 14 de julio de 2011

VESTUARIO CASUAL NO TAN CASUAL PARA UN BRUNCH


SOS LA CARA DE TU EMPRESA , SOS LA VOZ DE TU EMPRENDIMIENTO, NO OLVIDES QUE LA 1RA. VEZ ES ÚNICA Y QUEDA GRABADA A FUEGO, EN EL BRUNCH NO VENDEMOS NADA,  TIENEN QUE DESEAR COMPRARTE. ¿ESTÁS PREPARADA?



ME PUSE LO 1RO QUE VÍ DESPUES DE UN 
DÍA DE PROBRARME EL PLACARD.
CADA UNA ES SU ESTILO.
EL TALLE NO ES EXCUSA

       Es elegante, como siempre.
                                                                      Y femenino, como siempre.



EMPRENDEDORAS IMPECABLES.

BÁSICO CON BOLSO ESTAMPADO ANIMAL      

CAMISA BLANCA, FALDA ADORNADA, MOCASINES AMERICANOS.

                                                   ZAPATILLAS, CHATAS BIEN LLEVADAS


Un look muy  Pampa             Argentina, HIPPIE CHIC.
                                                 
PANTALÓN NEGRO Y......
CHUPINES DEL TONO QUE DESEES..CARTERÓN.

                                                       TU IMÁGEN ES TU EMPRESA ¿LO SABÍAS?

Me gusta llevar botas de agua en días soleados.
(Y MÁS SI ESTÁ LLOVIENDO)


Y AHORA SÍ A DISFRUTAR DEL BRUNCH !!


La madre araña




La locura
Aurora Rodríguez sufría de graves delirios de grandeza. Un día decidió emular a Dios y tener un hijo que salvara a la humanidad. Fue niña: Hildegart. La amaestró, la educó, la convirtió en figura política y pública. A los 17 años ya había terminado la carrera de Derecho. Pero quiso ser libre. Y su madre la mató. Sucedió casi un siglo atrás en España.
 Por Rosa Montero *
Contemos cuanto antes los hechos escuetos, sobradamente conocidos y aterradores en su simplicidad mortífera. Todo sucedió en España y hace casi un siglo. Aurora Rodríguez era una mujer con graves delirios de grandeza. Tan graves que un buen día decidió emular a Dios y tener un hijo que salvara a la humanidad. O, mejor, una hija, una niña a la que educaría para ser la Primera Mujer Libre, el prototipo de la nueva sociedad. Y así, Aurora programó su embarazo y parió a Hildegart, a quien amaestró desde la cuna con férrea mano de domadora circense, hasta convertirla en un ejemplar anómalo y excepcional, en una pobre niña prodigio. Hildegart aprendió a leer antes de los dos años, a escribir antes de los tres. Con ocho dominaba el francés, el inglés y el alemán. Con catorce se lanzó a la vida pública y comenzó a escribir en los periódicos, a dar conferencias, a redactar libros, a participar en la política (ingresó en las Juventudes Socialistas y en UGT). A los diecisiete había terminado la carrera de Derecho y era famosa. Un año después, en 1933, Hildegart quiso hacer uso de esa libertad para la que supuestamente había sido educada. Quiso independizarse de su madre. Y Aurora, para impedirlo, le pegó cuatro tiros una noche de verano, mientras dormía.
Esta historia truculenta ocasionó en su momento un enorme revuelo, no sólo por el morbo de parricidio y por la popularidad de la víctima, sino también por razones políticas: Hilde era una figura radical y polémica, militaba en la izquierda (en 1932 rompió con los socialistas e ingresó en el Partido Federal), era una muchacha que hablaba de sexo y que arremetía contra las prerrogativas de una rancia Iglesia. De hecho, el juicio de Aurora, celebrado en 1934, estuvo muy mediatizado por la ideología y visto desde hoy resulta un disparate. Aurora Rodríguez era una mujer mentalmente muy enferma. Tanto sus actitudes como sus declaraciones ante el tribunal fueron por completo delirantes pero, aun así, los peritos psiquiátricos del fiscal dictaminaron que estaba en sus cabales, y por consiguiente fue condenada a 26 años de prisión. Con esta sentencia probablemente se pretendía demostrar que el horrible crimen no había sido un producto de la enajenación, sino de la disolución de costumbres y de la depravación de los izquierdistas.
Aurora acogió el veredicto con regocijo mesiánico. Durante el juicio ya había protestado contra su propio abogado defensor por decir que estaba loca, cosa que, naturalmente, ella negaba. Ahora, declaró, iba a aprovechar su paso por la cárcel para reformar por completo el sistema de prisiones. Disparataba tanto y era tan violenta que en la cárcel se convirtió inmediatamente en un problema. Allí, claro está, era imposible negar la evidencia de su desequilibrio, de manera que a los pocos meses el director de la prisión pidió otro informe médico y consiguió que Aurora fuera trasladada al psiquiátrico de Ciempozuelos en 1935.
Al año siguiente estallaría la Guerra Civil, esa gran locura colectiva que arrasó con todo. También con la historia de Aurora y Hildegart, que quizá había quedado demasiado pegada, por proximidad temporal, al conflicto bélico. Tal vez sea por eso por lo que este caso fascinante ha sido tan poco estudiado. Existe una escasísima documentación sobre el tema (un texto de un contemporáneo, Eduardo de Guzmán; una película de Fernando Fernán-Gómez; dos o tres trabajos periodísticos y científicos) y si no fuera por el libro esencial de Rosa Cal, A mí no me doblega nadie (Edicios do Castro), que es un trabajo de investigación casi detectivesco sobre documentos originales, apenas si sabríamos nada sobre la verdadera tragedia de esta historia. Sobre el horror que se oculta bajo la escueta noticia criminal.
De hecho, durante mucho tiempo se creyó que Aurora había permanecido en prisión y que, puesta en libertad tras las excarcelaciones de 1936, se había esfumado en el ancho mundo. Hasta que en 1987 el psiquiatra Guillermo Rendueles y el psicólogo Alejandro Céspedes encontraron en Ciempozuelos el historial de Aurora Rodríguez y lo hicieron público. Así se supo que la parricida había sido enviada al sanatorio mental y que ya no lo había abandonado hasta morir, olvidada de todos, veinte años más tarde.
La lectura del historial clínico de Aurora resulta angustiosa. En primer lugar, porque es un ejemplo de una literatura psiquiátrica dura y arcaica, más cercana al atestado policial que al informe médico. En una treintena de folios (pocos me parecen para veinte años), las palabras de la paciente son recogidas con una especie de desinterés mecánico: ya se sabe que, en los viejos manicomios, imperaba el criterio de que los locos sólo decían locuras, esto es, cosas sin sentido, cuando lo cierto es que lo que llamamos locura consiste precisamente en darle otro sentido a la realidad. Pero es que además el informe clínico va haciendo un retrato desolador de la lenta demolición de Aurora, de su progresivo destrozo como persona. En prisión, Rodríguez podía seguir considerándose una heroica y grandiosa reformadora social perseguida por sus ideas; pero en el psiquiátrico no era más que esa loca a quien nadie hace caso, a quien nadie ve, de la que nadie se acuerda. En las primeras entrevistas todavía era la Aurora de antes, pedante, egocéntrica y terrible. Una mujer abominable. Instalada aún en su delirio demiúrgico, se dedicó a confeccionar muñecos de tamaño natural con genitales y el pene erecto, ya que no podía volver a crear una muñeca de carne y hueso como la pobre Hilde. Pero esa etapa de frenesí prepotente duró poco. Diez años después apenas si hablaba, sólo lloraba y repetía que sufría espantosamente y que su único deseo era morir fuera del psiquiátrico. En los últimos cinco años se negó a ver a los médicos, ni siquiera a los de medicina general. Estaba ciega y vivía en un infierno depresivo.
Sí, el destino de Aurora es sobrecogedor y mueve a compasión. Pero, al mismo tiempo, uno experimenta un primitivo sentimiento justiciero, como si la mujer hubiera merecido tal castigo. Porque es un ser que resulta odioso. Nunca se arrepintió de haber asesinado a su hija, antes al contrario, se vanagloriaba de ello: “Como una gran artista que puede destruir su obra si le place, porque un rayo de luz se la muestra imperfecta, así hice yo con mi hija a quien había plasmado y era mi obra”. Solemos decir de manera errónea que alguien es un loco (sin embargo, nunca decimos que un enfermo de cáncer es un canceroso, por ejemplo), como si eso, la locura, fuese todo lo que ese individuo es. Pero no es cierto: más allá de la dolencia mental sigue existiendo la persona. Y Aurora Rodríguez era una de las personas más malvadas que imaginarse pueda. Una mujer violenta, cruel, egomaníaca, despótica e inclemente que se disfrazaba con un perverso discurso de abnegación y heroísmo. Su desequilibrio psíquico no hizo más que multiplicar estos siniestros rasgos hasta el delirio.
Aurora Rodríguez había nacido en 1879 en Ferrol, hija de un abogado adinerado y dentro de una familia con fama de ser bastante extravagante. Nunca fue al colegio, pero se leyó toda la biblioteca paterna, que abundaba en textos de socialistas utópicos: Saint Simon, Owen, Fourier y sus falansterios. De estos pensadores premarxistas, que intentaban encontrar un modo de aliviar el sufrimiento de la clase obrera; del superhombre nietzscheano y de las teorías eugenésicas, tan en boga entonces, que apostaban por la creación científica de una raza de seres superiores, sacó Aurora un indigesto y confuso ideario revolucionario que se resumía, esencialmente, en que ella iba a ser la salvadora del mundo. Ya a los 23 años pensó en crear una colonia eugenésica en una de las fincas de la familia, con sirvientes seleccionados a los que cruzaría entre sí y educaría correctamente, y a los que luego enviaría a repoblar la Tierra. Esta especie de ganadería de superhombres no llegó a realizarse: incluso la propia Aurora debió de ver que era impracticable. Pero fue un antecedente del experimento con su hija.
Aurora adoraba a su padre y detestaba a su madre de una manera anómala y extrema. Era profundamente misógina: los varones le repugnaban físicamente, pero las personas de su propio sexo le parecían indignas: “La mujer es, por doloroso que resulte confesarlo, lo peor de la especie humana”, decía, por ejemplo. Y también: “La mujer en general carece de alma. Hay animales con un alma mucho más exquisita que la mujer”. En esto Aurora era totalmente convencional, porque la inmensa mayoría de los varones de entonces opinaban barbaridades semejantes. Me imagino lo mucho que debió de odiar Aurora su condición femenina, siendo como era tan altiva y soberbia, tan ávida de alcanzar el más alto destino de la Tierra. ¿Y cómo iba a llegar a esas alturas sublimes de poder y prestigio, si no era más que una mujer en un tiempo en el que las mujeres no eran nada? Resolvió el problema recurriendo al único poder esencial que nunca han podido arrebatar los hombres a las mujeres, ni siquiera en los momentos de mayor sexismo: la capacidad de engendrar. La trágica historia de Aurora y Hildegart es un producto de su época.
Rodríguez vivió soltera y virgen con su padre hasta que éste murió cuando ella tenía 35 años. Entonces, dueña ya de su herencia y de su destino, puso en marcha su plan. Ya había escogido al posible padre, un capellán castrense bastante estrafalario, medio escritor, medio aventurero. Se acostó con él tres veces en los días adecuados y sólo con el fin de preñarse, cosa que logró. A continuación se mudó a Madrid, en donde dio a luz a Hilde en diciembre de 1914.
Y ahí empezó el largo, larguísimo tormento de la niña. Una cría que nunca tuvo amigos. Que jamás pudo jugar con chicos de su edad. “No he tenido infancia”, le dijo un día Hildegart al periodista Eduardo de Guzmán: “La necesité íntegra para estudiar sin descanso de día y de noche”. Una vecina con la que las dos mujeres llegaron a entablar bastante relación (Hilde le llamaba la abuelita) declaró en el juicio que en doce años jamás las había visto besarse, y la propia Aurora dijo que había acariciado a su hija en muy contadas ocasiones, y sólo cuando ya estaba muy crecida. También reconoció que a veces le pegaba. La madre de una compañera de colegio dijo de Aurora, “que nos era odiosa a todas las demás madres”, iba a llevar y a recoger a Hilde a clase, y que era raro el día en que no la cubría de improperios y golpes por algún motivo nimio, un lápiz perdido, un error en un ejercicio.
Imaginemos a esa niña completamente sola, sometida al sádico capricho de una madre demente. Año tras año, Aurora obligó a Hilde a cumplir su mesiánico programa; y cuando la cría alcanzó los catorce, la lanzó al mundo como conferenciante, política, periodista, escritora. Para entonces vivían en un pequeño ático de dos habitaciones y terraza en Galileo, 44, tan aisladas de todos que en la mesa del comedor sólo había dos sillas. Iban siempre vestidas de negro, “para evitar las tentaciones de la coquetería”. Hilde se pasaba el día aporreando su máquina de escribir. “¡Trabaja, hija, trabaja!”, ordenaba Aurora cada vez que se detenía el tecleo siquiera un instante (lo contó la criada). La madre acompañaba a su hija absolutamente a todas partes, incluso a las reuniones de partido; y si, cuando iban a un periódico a entregar algún artículo, Hildegart se entretenía hablando un momento con los compañeros, Aurora la obligaba a interrumpir la charla y a marcharse, en más de una ocasión con lágrimas en los ojos.
Todo esto era ya lo suficientemente horrible, pero, aunque parezca mentira, empeoró. Hildegart se había convertido en una muchacha grande y robusta con un rostro carnoso que, en las fotos, parece soso y pánfilo, pero que en vivo debía de tener su gracia, porque todos los contemporáneos la definían como una chica guapa (el mismo día del asesinato, cuando le preguntaron por qué había matado a su hija, Aurora contestó: “Porque era tan hermosa”). Y además estaba teniendo un éxito tremendo, el éxito al que siempre la empujó su madre, pero que ahora sin duda provocaba grandes celos en Aurora. Por último, Hilde crecía y quería vivir, respirar por sí sola, liberarse de ese encierro uterino y enloquecedor en el que estaba atrapada y que definió muy bien el socialista Julián Besteiro, que fue profesor de la muchacha: “En los estudios Hilde es, sencillamente, formidable, pero este fenómeno de ir tan pegada a su madre me evoca la imagen de una cría de canguro encapsulada en bolsa invisible y con el cordón umbilical intacto”.
Todas estas circunstancias empeoraron gravemente los síntomas de Aurora, que estaba más enajenada cada día. Empezó a imaginar diabólicas conjuras para captar la voluntad de Hildegart, conjuras en realidad encaminadas a acabar con ella, con Aurora, pues ella era en verdad la única importante y los enemigos sólo usaban a su hija como vehículo para hacer daño a la insigne madre. Mientras tanto, la fama de Hildegart traspasaba fronteras. Se carteaba habitualmente con el escritor H. G. Wells y con el no menos famoso sexólogo Havelock-Ellis. Ambos británicos le aconsejaron que fuera a pasar una temporada a Inglaterra, y esa propuesta debió de ser como un sueño de liberación para Hilde. Además, parece ser que la muchacha se enamoriscó de un joven político, Abel Velilla, compañero del Partido Federal. Eso terminó de cerrar la trampa mortal. Hay una foto conmovedora de la muchacha, tal vez la última que le hicieron: ha cortado sus pesadas y aburridas trenzas y luce un pelo cortito, coqueto y rizado. Además, va adornada con pendientes y un modesto collar. Se había convertido en una mujer que quería gustar. Una aberración para su madre. “Desgraciadamente, cada día notaba que mi influencia (en Hildegart) era menor”, declaró Aurora en el juicio. Y no estaba dispuesta a consentirlo.
Para abril de 1933 la agresiva paranoia de Aurora se había hecho insoportable. Un día Hildegart le pidió que la dejara vivir sola, o al menos con la vecina a la que llamaban la abuelita. La petición generó broncas, violencia, dramas desquiciados, noches enteras de tortura emocional. Al cabo, Aurora fingió aceptar. Pero todo era una mera apariencia. A finales de un mes de mayo tórrido, Hilde mandó una tarjeta al periodista Cohucelo, una de las pocas personas que mantenían algún trato con las dos mujeres: “Amigo Cohucelo, venga a vernos esta noche si es posible, hay algo urgente”. El hombre acudió y le recibieron en la terraza. Aurora explicó que Hilde parecía mostrar especial interés en Abel Velilla, y que su hija no estaba en el mundo para contraer matrimonio: “Casarla sería tanto como sacrificar la misión para la que ha venido a la Tierra”. Al oír esto, Hildegart se levantó y lloró durante largo rato contemplando el cielo: “¡Me muero!”, sollozaba. Dos días después, Cohucelo, aún impresionado, llamó por teléfono. Descolgó Hilde, a quien el periodista preguntó: “¿Cómo va ese valor?”. “No puedo hablar, acaba de llegar mi madre. Sólo tengo ganas de morirme”, dijo la muchacha, y colgó abruptamente.
Desde el 27 de mayo, la noche de la visita de Cohucelo, hasta el 9 de junio, fecha del asesinato, Aurora prácticamente secuestró a su hija en el sofocante, recalentado ático de la calle Galileo. La madre no abría la puerta a las visitas e incluso llegó a arrancar el teléfono para que Hilde no pudiera hablar con nadie. Estremece imaginar lo que debieron de ser esos últimos días de encierro y de tormento, de calor y violencia. A finales de mayo, Aurora había pedido a una vecina que le guardara los tiestos y los perros mientras ella hacía un viaje a Cuba de tres o cuatro meses, y le había dado cuatro pesetas por el servicio. Es una mentira que demuestra que ya para entonces tenía planeado asesinar a su hija. Y que pensaba que con tres o cuatro meses saldría libre.
El 8 de junio volvieron a discutir. Como cada día, Hilde insistió en irse y Aurora en torturarla. La muchacha, agotada, se acostó y se durmió. Su madre pasó la noche de rodillas delante de la cama de su hija, viéndola dormir. “Y en el centro puntual de la maraña, Dios, la Araña”, escribió la poeta argentina Alejandra Pizarnik antes de suicidarse. Cuando amaneció, la madre araña se desembarazó de la sirvienta ordenándole que sacara a los perros. Luego tomó un pequeño revólver que guardaba en el armario y disparó a Hilde en el lado izquierdo de la frente; a continuación le metió otra bala casi en el mismo lugar. Después le dio un tiro en el corazón y, por último, “aún disparé un tiro de gracia en el carrillo izquierdo”. Extraño lugar para colocar un tiro de gracia, puesto que no afecta a órganos vitales. Pero, eso sí, consiguió destrozarle la cara. El hermoso rostro de su hija.
Hay un detalle aterrador que aún no he contado y que permite intuir la sordidez y la asfixia de ese infierno doméstico: en la casa de Galileo sólo había un dormitorio. Compartían incluso la habitación. Me pregunto cuántas madrugadas debió de pasarse Aurora en vela vigilando el sueño de su hija, celosa tal vez de esas inevitables horas de descanso en las que Hilde no era del todo suya. Y me pregunto si la muchacha estaba durmiendo de verdad en esa última noche; si no tenía miedo de la alucinada, venenosa mirada de su madre. Tal vez la vio venir con la pistola; y tal vez esa violencia final no fue sino un alivio, la única liberación posible para la víctima atrapada en la pegajosa y letal tela de araña. 

* De El País, de Madrid. Especial para Página/12.
SOCIEDAD › LA HISTORIA DE UNA MUJER QUE DECIDIO TENER UNA HIJA QUE SALVARA LA HUMANIDAD Y LA TERMINO MATANDO

«Todo el mundo quiere amigos, pero nadie quiere serlo» Desvirtualizate

Reservar tu lugar es lo principal.

   NETWORKING PRESENCIAL (off-line). Donde son tangibles y se cierran la mayoría de los negocios.

«El mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación»
Friedrich Nietzsche (1844-1900)
Filósofo, poeta, músico y fiólogo alemán


A pesar del auge del on-line, el gran porcentaje de los negocios se realizan en el presencial.
Últimamente también se utiliza la expresión desvirtualizarse, es decir, pasar del on-line al cara a cara (face to face). A pesar del auge del on-line, el gran porcentaje de los negocios se realizan en el presencial.
Protocolo en los negocios

Es importante para alcanzar el éxito dominar las normas de protocolo y etiqueta del complicado arte de las relaciones sociales. Unas cuantas normas básicas del saber ser, estar y funcionar marcarán la diferencia.
 Eventos
En la actualidad, existe una oferta muy amplia de eventos. Proliferan gracias a la red. Tendremos que seguir algunas pautas y reglas para, durante nuestra asistencia a este tipo de actividades, ser el máximo de eficaces. Marcar una serie de objetivos. ¿Has estado en alguna ocasión en alguna habitación o sala de reuniones totalmente rodeado de extraños?
Pasos para la asistencia a un evento:
  • Calendario.
  • Invitaciones.
  • Preparación.
  • Lugar del encuentro.
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  • Evento.
  • Finalizando el evento.
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  • Seguimiento.

Tarjetas personales representativas. 

Acá es?
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  • Luego de comprometida riguroso cumplimiento, nunca olvides que sos la cara de tu producto a vender .

Tarjetas peronales

Cualquier trabajo tiene sus secretos
Ésta es, con seguridad, una de nuestras principales herramientas para un networking efectivo. Aquí puedes incluir dos tipos de tarjeta, tu tarjeta personal y la de empresa o negocios. Quizás estés buscando una nueva oportunidad de empleo o promoción. En definitiva, un cambio de rumbo. Y si estás buscando cambiar tu estado actual, tu empleo, te costará dar la tarjeta de la empresa a la que todavía representas. Entonces, ¿qué harás? ¿No entregarás ninguna tarjeta? ¿Perderás una gran oportunidad para una oferta de un perfil en un lugar de ensueño para ti?
Mi recomendación es que tengas tarjetas personales de visita. No hace falta que pongas la dirección de tu casa, de tu hogar, de donde vive tu familia, puedes poner tu nombre, un número de teléfono móvil y alguna dirección de mensajería instantánea. Con esos datos ya es más que suficiente para poder estar localizado y dar una buena impresión y, sobre todo, no desaprovechar una posible ocasión de oro para nuestro futuro.
  • ¿Qué debe tener nuestra tarjeta personal? Un recurso interesante para que te recuerden es poner tu fotografía en ella, de manera que te recuerden visualmente y no sea una más. Incluso algunas compañías adjuntan la fotografía en familia, dando a entender que son personas estables y, por lo tanto, de confianza.
  • Tamaño. Es importante que sea un tamaño estándar para poder ponerlas en la cartera o los tarjeteros específicos. Algunas son muy originales y harán que nos recuerden, pero, en multitud de casos, hay muchos puntos para que se pierdan. Si son muy pequeñas crearás un toque especial, sin embargo a la hora de guardarlas corres el riesgo que «te pierdan». Y si entregas una tarjeta que se sale de la cartera, será una molestia.
  • Diseño. Es nuestra carta de presentación, por lo tanto, es conveniente que tenga un diseño atractivo y así nos recuerden y asocien fácilmente. Algunas para negocios de ocio quizás sean atractivas, de color negro u oscuro, no obstante no es práctico si tenemos que escribir en el dorso. Si es posible y puedes recibir el asesoramiento de algún profesional del diseño mucho mejor. Si te las haces tú parecerá que así ha sido, siempre a excepción que seas diseñador o tengas muy buen criterio para el diseño.
  • Información. De fácil lectura, sin exceso ni defecto de información. Lo más importante es tener tarjeta. Además, incluye algunos datos de tu identidad digital como tu cuenta de Twitter.

miércoles, 13 de julio de 2011

Cartas de Virginia Wolf a su esposo



                                                                                                                Virginia Woolf a Leonard Woolf
(Carta escrita por Virginia Woolf a su marido Leonard, momentos antes de ahogarse intencionadamente en el río Ouse) 28 de Marzo de 1941
Querido, Estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a curarme en esta ocasión. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor. Tu me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todo momento todo lo que uno puede ser. No creo que dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Cuanto te quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte… todo el mundo lo sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tu. No queda nada en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.
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No puedo leer. Cuanto te quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte… todo el mundo lo sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tu. No queda nada en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.

Si tu odio es tan fuerte, por F. José Lobillo


Ya sé que me odias, pero no te preocupes que no me voy a morir. Hace pocos meses habría sido una blasfemia escribirte esta carta, sin embargo ahora necesito redimirme y soportar tu rencor con la entereza de un capitán que se hunde con su barco. Desde que te abandoné me siento un Judas eligiendo el olivo adecuado para colgarme. Es curioso que sea yo quien te dedique estas palabras tatuadas en papel, pues la literatura y la amistad siempre fueron tus armas contra el mundo; las mías, por desgracia y a temprana edad, siempre fueron la guitarra y la jeringuilla. 

No, no te preocupes, que por mucho que me odies no me vas a matar. Es cierto que fui yo quien empezó, aunque para alguien anclado en la amargura de la adolescencia todo lo bueno es malo y todo lo negro es negro. Te empeñaste en verme como un niño a pesar de que golpeaba como un hom-bre. Y sí, admito que me costó arrancarte ese síndrome del Príncipe Azul que sufrías por mí, yo nunca seré tan inocente, tan honesto ni tan listo por mucho que me observes con tus dioptrías de amor. Pero al final lo comprendiste. Los toreros y los valientes llevan en el pecho las cornadas de la vida, solías decir. Pues bien, yo ni era valiente ni torero ni tenía cornadas en ninguna parte. En todo caso sería un banderillero sin arrojo, primero pinchaba y después corría, yo tiraba la primera piedra y escondía la mano para agarrarme el paquete y hacer gestos obscenos. No había manera. Yo estaba orgulloso de mi lado oscuro mientras tú te empeñabas en alumbrarme con las luciérnagas de tus pupilas.

Aún recuerdo aquel pueblecito a donde fuimos a vivir juntos. ¿Cómo se llamaba? Lo tengo en la punta de la memoria... ¡Frigiliana! Se llamaba Frigiliana. Qué lugar tan reposado, tan rústico, tan blanco. Sí, demasiado reposado, rústico y blanco para mi desfachatez, mi urbanidad y mi mirada sombría. Era el sitio perfecto para una escritora que necesitaba tranquilidad e inspiración, el purgante cáustico para domar mis ímpetus de rebelde-sin-causa. Tú siempre tuviste el amor y el dinero; yo la avaricia y la mala hostia. El destino, tú y yo formábamos un triángulo equilátero con las puntas cimbradas, un precario equilibrio de voluntades donde tenías que hacer malabarismos para evitar la caída mientras yo te movía el alambre deseando que cayeras. A veces te espiaba a escondidas cuando tecleabas sin descanso en tu vieja Underwood, tac tac tac, el carrete de la máquina de escribir se deslizaba veloz y en el folio virginal las palabras adquirían sentido al estampar el último carácter, tac tac tac, transcribías los manuscritos de tus novelas casi a vuelapluma y un extraño cariño entremezclado de aversión se enroscaba en mis tripas, tac tac tac. Me encantaba esconderte objetos para que desesperaras en su búsqueda, Pero si lo había puesto aquí, repetías con un tino de asombro al tiempo que yo recriminaba tu estupidez. Un bello crepúsculo, en aquella azotea de baldosas rojas desde donde se oteaba el mar poniendo la mano de visera, me leíste unos versos de Pesoa: ... A veces, y el sueño es triste, / en mis sueños existe / lejanamente un país / donde ser feliz consiste / solamente en ser feliz. Mi sonrisa de burla fue un insulto demasiado cruel para tus poetas muertos... Y jamás volviste a recitarme algo hermoso. Pero no, no te asustes que no me voy a morir sin que me vuelvas a odiar.

¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cinco? ¿Diez años? Hace tiempo que el tiempo ha dejado de ser importante a mis pies fugitivos, a mis ojos vagabundos. Te abandoné aquella noche de San Juan porque tenía la certeza de que te dolería más de lo imaginable. Me llevé la chupa de cuero, la guitarra y un fajo de billetes hurtado de tu bolso, y allí se quedaron, sobre la encimera de la cocina, un folio en blanco y una estilográfica que me regalaste, para que supieras que no me olvidé de despedirme sino que no me despedí porque no quise hacerlo. Y todo sucedió muy rápido. Tal vez demasiado. Las puertas del paraíso que me negabas se abrieron ante mí como la boca del infierno: el triunfo con la banda fue fulgurante, el primer disco se vendió igual que migajas de pan a la puerta de un hormiguero. Rock&Roll, chicos guapos y cuerpos musculosos. Lo teníamos todo y lo sabíamos. En los estadios a reventar la gente gritaba nuestros nombres y las adolescentes –un manojo de histéricas locas por arrancar una mirada de sus ídolos- nos arrojaban sus números de teléfono serigrafiados en los sujetadores, una deliciosa lluvia de seda perfumada que atesorábamos como una colección de mariposas. Fue nuestra época de gurúes irreverentes. Veinticuatro horas para emborracharte con champán y cerveza; veinticuatro horas para saltar sobre la cama de un hotel hasta que te dolían las piernas; veinticuatro horas para esconder a todas las muchachas de la ciudad bajo los edredones; veinticuatro horas para enloquecer con la música a todo volumen; veinticuatro horas para vivir la vida en un día... Pero a veces me acordaba de ti. En los momentos menos sospechosos y más delictivos. Escuchaba el eco de tu voz en las cuerdas de mi instrumento y yo me negaba a tocar justo antes de comenzar la actuación. Mis compañeros se ponían furiosos conmigo y el público se enardecía por la tardanza. Entonces nos peleábamos a puñetazo sucio en mitad del escenario y por fin comenzaba la función. Aquellas noches que me rondaba el lobo de tu recuerdo el concierto salía redondo... Y la borrachera duraba más. Al despertarme al día siguiente tenía un nuevo tatuaje que había florecido en mi piel: una garra del diablo que atenazaba mi corazón, una gárgola cuyas alas de murciélago se extendían por mi espalda, un dragón a un lado del cuello, un puñado de demonios enroscados en los brazos...

Al cabo de dos años la banda se desmoronó. Las drogas y la soledad cogieron brutalmente las riendas de mi vida y domaron mis ímpetus salvajes. Es gracioso, soy el rey Midas del rencor y todo lo que toco se convierte en orines fermentados. Por eso me fui de todas partes, desde entonces he dado tantas vueltas al mundo que estoy mareado de dormir al amanecer y hacer el amor a mediodía. He aprendido tantas cosas que ahora conozco el valor de la ignorancia. Tú tenías razón en todo y yo me equivocaba en el resto. No, ya no me quedan fuerzas para hacerme el tipo duro, ya sólo me queda tu odio. Tengo treinta años y sigo siendo el mismo adolescente sin autoestima, peor aún, un adolescente avejentado que perdió el único sueño por el que merecía la pena luchar. Siempre me he despreciado a mí mismo, y ahora me aferro a tu inquina como un epitafio de boj: Los viejos roqueros nunca mueren... Pero en ocasiones la inmortalidad es demasiado corta.

Tengo cáncer de estómago. Sabía que estaba podrido por dentro, pero no tanto ni tan pronto. Deberías verme y echarte a reír, la agresiva quimioterapia me despiojó cada pelo de la cabeza hasta dejarla igual que una canica de vidrio, mi cuerpo es un tallo de junco incapaz de caminar sin ayuda y mi incontinencia urinaria es comparable al Manneken Pis. Sí, deberías venir y señalarme con el dedo como a un monstruo de feria. Pero no te preocupes, que por mucho que me odies no me vas a matar.


Esperandote.
Nunca he pedido perdón. Para que me perdonaran todos a los que hice daño -¿existe algún pecado del que no podamos arrepentirnos?- tendría que besar muchos culos y derramar muchas lágrimas de cocodrilo. Pero contigo es diferente. No me cuesta llagarme la boca y pedirte perdón mil veces mil. Porque quiero volver a besarte. Quiero volver a pasear juntos por los cerros de Frigiliana. Quiero leer tus novelas y sentirme orgulloso de ti. Quiero abrazarte y derramar en tu cuello las lágrimas que me tragué por ser hombre. Quiero sentir tus manos. Quiero volver a oler tu cabello. Quiero que me regales un ramo de rosas. Quiero, quiero, quiero... Quiero que tu odio sea tan fuerte.

Los enfermeros ya terminaron de prepararme. Me han dedicado las mismas palabras de aliento que se repiten como un bocadillo de ajo, paciente tras paciente. Mañana será la operación. No sabes con qué anhelo desearía verte al abrir los párpados. Pero, en fin, si tu odio no es tan fuerte no te preocupes, seguro que nos volvemos a encontrar en los sueños de Pesoa, en ese país donde ser feliz consiste solamente en ser feliz. Si del amor al odio sólo hay un paso, por favor, da un saltito hacia atrás y búscame otra vez en las páginas de tu corazón. Te quiere, tu hijo Néstor.

Nota: Carta ganadora del premio del público del V Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.


Breve reseña de la próspera vida de Rosarito Brunch y el combustible emocional.

Lobby = Networking+ Brunch.


                  Actualmente somos más de 4800 eprendedoras.

Rosarito Brunch, nació el 10 de Junio de 2010 siendo una cita en Facebook para emprendedoras (Only Women), cuenta con casi 5000 fans, ya.
Una emprendedora tambien tiene que desestresarse.
Una emprendedora tambien tiene que desestresarse, que mejor que el Brunch o el Diván de Ideas.

La idea la importó una amiga que vive en forma temporaria en Barcelona y me la contó, pues sabía que necesitaba empezar de cero en mi trabajo.
Dado que sabe de mi espíritu anfitrión, y de mi conexión con los eventos y publicidad, insistió que aplicara como ella hizo para insertarse tanto laboral y socialmente en España. ( compu y brunch, algo muy común para las españolas). Y me largué hacerlo, previo sumar información.
Nos manejamos en red por Facebook y mensualmente de 11 a 15 hs., las que pueden o desean nos reunimos para conocernos personalmente y mejorar las redes de nuestros contactos laborales y profesionales. Todas tienen actitud, pues sienten lo que hacen, ninguna de las asistentes trabaja por el dinero, el dinero viene por añadidura, no hay interesadas, pero si intereses.
Además de difundir nuestras profesiones, negocios o emprendimientos, algunas vienen como amigas y se van con algo para hacer. Resulta una reunión laboral y social, que da mucha energía  (combustible emocional) para seguir creciendo y se produce el efecto piramidal.
Se paga el menú acordado pues donde se hace también se beneficia, con el Networking, y nos dan exquisiteces.

No se vende nada, solo se intercambian tarjetas personales y se generan nuevas ideas.

Tu tarjeta es "la imágen de tu emprendimiento"  es lo que tenés que entregar ....además del corazón ♥♥♥  !!!

Por ej.: la intención de unirnos varias para comenzar una feria que por supuesto pienso que irá de la mano de la cultura. Que no implica aburrimiento y te aseguro que escuchando aprendemos de las demás.
Todas las que lo desea llevan de regalo algo de lo que hacen,  se sortean y souvenirs que se reparen y por supuesto el broche de oro, el afecto (combustible emocional) que carga las pilas del estrés de la emprendedora, que muchas veces se siente sola. Siempre se agrega una sorpresa distinta.
Rosarito Brunch establece lazos además de contactos.
Es el Primer evento con sede en Rosario de brunch ( desayuno-almuerzo) y Networking ( hacer uso y no usar a) solo para mujeres emprendedoras, creativas e inteligentes de todas las edades ♥con o sin trabajo♥.
Rosarito Brunch, tiene perfil, página, grupo Las Rosaritos y el blog http://rosaritobrunch.blogspot.com, donde hay mucha información para mejorar a forma de trabajo.

En el Brunch y el “Diván de ideas” aplicamos el discurso del ascensor, (que es una muy breve reseña de la actividad de cada una) es el apuntalamiento a un nuevo emprendimiento, este último nació comenzó como un asesoramiento anterior a las  Feria,  todo apunta al combustible emocional , hacer contactos, alianzas, mejorar la ruta de trabajo y disfrutar del encuentro con otras mujeres.


"Unir es crear"


"Unir es crear"


Tal vez lo más estimulante de esto es conocer – en los brunchs a todo tipo de mujeres, es ver desafiados nuestros prejuicios por la diversidad de lo humano, los amores y dolores que todas tenemos, porque los artistas subliman sus dificultades en el arte, y descubrí que nosotras también, creamos y creemos en
“El Arte de vivir”-

Hoy en día, Internet es un canal de compra indispensable y las mujeres lideran con fuerza el impulso de las ventas y la decisión de compra”.
(Antes elegía por el diario y hoy por internet).
                                                                                                               Creadora: Graciela Laura Duca

martes, 12 de julio de 2011

Abriste un Face? Dónde estas parada?


Abriste un Face? Para qué?
Acá mirá todo lo de Rosarito Brunch!!!!!!





Brunch madre de todas las actividades.
Grupo Las Rosaritos.


Pensá cuando decis que las mujeres somos jodidas ¿leiste?
Respeta los tiempos,  la energia de las otras.Llega a horario, no faltes..
Respondé, tanto si cosultas, como si te consultan. Se agradecida.
MOSTR/ARTE ROSARITO-FERIA DE TALENTOS.

Tarjetas personales son infaltables.
Usá el blog.
Combustible emocional.
Discurso en ascensor o elevator spitch.
Feria gratis para Las Rosaritos.
Diván de Ideas. Ruta de trabajo.
Pispea, lee todoooo.
Rosarito Brunch/ Página Negocio / sumate al Shopping Net.
Rosarito Brunch perfil .(1ra foto)